Fragmentos transcritos del manuscrito original, pp. 1 y 3.
I
II
III
IV
V
Doy inicio, en Logroño, a finales de febrero de 1860, al más singular de mis escritos, que lleva por título Anatole o El Fénix Tornasol y que está dedicado a conservar en negro sobre blanco memoria de las formidables jornadas que he pasado en compañía del gran artista del retrato fotográfico Anatole Lefaux y de cuantas figuras han pasado por delante del óculo mecánico de su artefacto de placas tornasoladas, prodigio de la óptica a la vez que del grabado, sólo conocido por mí hasta el momento en forma de noticia por la —dejémosla en “estimable”— traducción que del francés realizara mi —dejémoslo en “vecino”— Pedro Mata del cuaderno original del señor L. J. M. Daguerre.
Diría que a este escrito mío, hilvanado al final de las sesiones que fácilmente entraban en la madrugada, le aguarda un futuro incierto, si no fuera porque conozco con certeza su destino, que no ha de ser ni de lejos el tórculo del impresor; más bien al contrario su velamiento y disimulo, cuando no su soterramiento.
Fueran las fechas de la carnestolenda en que los daguerrotipos se ejecutaron, y el libre ánimo y el juego de disfraz que le son propias, o el carácter mefistofélico del propio artista; fuera el humor vivo —exceptuando una difunta, también retratada— del elenco que se prestó a pasar por el patíbulo del amigo Lefaux, instalado en un taller de sastrería sito enfrente del templo de San Bartolomé; fuera la novedad, la noche, la cámara obscura o lo que fuera, el caso es que todos ellos, dignísimas figuras, se mostraron de un natural ameno, espirituoso, juvenil y hasta alegórico con sus profesiones y méritos, razón por la cual dudo con razón que, al igual que estas palabras mías, vean alguna vez la luz.
Agradecido por haber respondido con magnanimidad a mi reclamo, haciéndolos venir a alguno de los modelos —en especial a los amigos— hasta Logroño con el sólo motivo del daguerrotipo, prometí realizarles un carnet de visage, no quedando excluidos de la descripción ni el propio Lefaux ni un servidor, contando a la sazón la circunstancia en que posaron, si bien ahorrando algunos detalles que habrían de comprometer a terceros.
En cuanto a mí, sólo puedo decir que la afamada daguerrotipia me salió cara, pues me costó —como luego habré de relatar— un ojo, pero no me lamento, pues fue producto del deslumbramiento y de la fiesta. Y dicho esto, a Madrid me vuelvo…