En 1860, el célebre daguerrotipista francés Anatole Lefaux (Bouillon Sûr-Seine, 1825 - Village Damperre, 1880), quiso visitar Logroño atraído por un doble motivo: el hermanamiento —nunca renovado después, por alguna razón no declarada— de Bouillon Sûr-Seine con la ciudad riojana y por las noticias confusas acerca de un supuesto procedimiento pre-fotográfico llamado logrotipo que habría sido ingeniado en Logroño ¡ya en el siglo XVI! (como quedó demostrado en las investigaciones que llevamos a cabo en 1997, la exposición resultante Colección 1521 y la publicación facsimilar del journal logroñés de Martin Reveillon titulado L’Ebrographe et les logrotypes).
Al no conocer la lengua española (en general) ni tampoco el terreno, Lefaux tuvo que agenciarse contactos en nuestro país que le ayudaran con su hoja de ruta. Al primero que recurrió fue al doctor Pedro Mata (Reus, 1811 - Madrid, 1877): médico, humanista, liberal, frenólogo, novelista (de La monja enterrada en vida, por ejemplo), alcalde que llegara a ser de Barcelona, casado precisamente en Francia con una española y —lo que a Lefaux más le interesaba— traductor al español, en 1839, de Historia y descripción de los procederes del Daguerrotipo y Diorama por Daguerre (Barcelona, Francisco Piferrer, Impresor).
Mata atendió la solicitud de asesoría de Lefaux y aún más le puso en la pista de la persona que habría de ser la clave en su incursión logroñesa. Los asuntos políticos y editoriales del doctor le habían llevado a disponer de una residencia en el centro de Madrid, dándose la casualidad de que su vecino de puerta era el dramaturgo riojano Manuel Bretón de Los Herreros (Quel, 1796 - Madrid, 1873). Era público y notorio que ambos mantenían una tensa relación. Llegaron incluso a hacerse muy populares los dardos en verso que se cruzaban entre ambos. Harto Mata de que la gente equivocara la puerta le colgó el pareado: «En ésta mi habitación / no vive ningún Bretón», a lo que el aludido le replicó con una redondilla furibunda: «Vive en esta vecindad / cierto médico poeta / que al pie de cada receta / pone “Mata” y es verdad». Sin embargo, Mata fue capaz de superar esta animadversión convencido de que en Bretón encontraría el forastero Lefaux al mejor guía en tierras riojanas, pues era inmejorable conocedor de su paisanaje, usos y costumbres. Aunque a decir verdad, el de Quel —un hombre ya sexagenario— llevaba años sin pisar La Rioja por diversas causas y, por añadidura, no les tenía demasiada simpatía a los artilugios ópticos por haberle supuesto en su día una competencia en los escenarios, piénsese en el linternismo mágico, por ejemplo, pariente no demasiado lejano de la fotografía.
Bretón, no sin reservas iniciales, aceptó la oferta de Mata y de Lefaux, con el que se citó para conocerse una tarde en La Taberna de Doña Pisto, en Lavapiés. Al hablar, además muy bien, Bretón el idioma de Molière no tardó en romperse el hielo, muy abundante, por ser mediados de febrero. Un viaje que de motu propio Bretón nunca habría realizado, por sus muchos recelos personales y políticos, su edad y su carácter algo agrio se convirtió en una reconciliación con su patria chica, con el humor, con los procedimientos ópticos y consigo mismo, aunque… en él perdiera su ojo izquierdo, a causa de un accidente que no es el que oficialmente se ha contado. Pero ni siquiera eso le importó al genial comediógrafo. Las jornadas junto a Lefaux y su taller de daguerrotipos en el Logroño del invierno de 1860 fueron gozosas, heterodoxas, hilarantes y hasta hoy... ¡inéditas!
Las recientes excavaciones entorno a la iglesia de San Bartolomé sacaron a la superficie en septiembre de 2010 un testimonio incontrovertible y precioso. Un vecino que regresaba del Ferial en la madrugada del día 21 al 22 de ese mes, en plenas festividades patronales, vio cómo cedía el suelo bajo sus pies a la altura del antiguo Bar ‘La Viga’. Cuando volvió en sí, se encontró de bruces contra la tapa de una caja enterrada a un par de metros bajo el suelo. La sacó consigo, la depositó como pudo en un chamizo, y los del chamizo, a su vez, la llevaron a la oficina de objetos perdidos. Y tan ‘perdidos’: los operarios de guardia la abrieron y encontraron en su interior una serie de pequeños portarretratos y una carpeta con una lazada en su lado derecho. Tras un peritaje hisquiográfico, se concluyó que se trataba de la colección de daguerrotipos que Anatole Lefaux habría realizado en Logroño con motivo de su viaje en busca de los legendarios logrotipos (que no encontró, por cierto), con personajes que sin duda Bretón le ayudó a contactar, algunos de ellos viejas amistades (¡incluida la Marcela en la que se había inspirado para escribir en 1831 Marcela, o a cuál de los tres!). Y el volumen, sometido a un escaneado ultraluminiásico (con Carbono H-14 RD2D), resultó ser un manuscrito inédito de Bretón de Los Herreros titulado Anatole o el Fénix Tornasol (ya catalogado como Manuscrito de ‘La Viga’ Opus BHH-1860). En sus páginas —restauradas con el lavado panlúmbrico— se contiene una especie de diario de las sesiones de realización de los daguerrotipos logroñeses, lo que llamaríamos hoy un making of. Bretón describe a cada uno de los personajes daguerrotipados y ya barrunta que el destino de esas imágenes —en las que próceres y personalidades notables se prestaron a un retrato informal, por tratarse, además, de fechas de Carnaval—sería... la ocultación. Como así fue, de hecho. Destino que compartiría el propio manuscrito de Bretón, del cual se transcriben a continuación extractos, creyéndolos los más fieles y exactos cicerones de lo que hemos dado en titular Anatología.